Suelo presumir de mi independencia, voy de compras sola y hasta me atrevo a ir al baño de un bar sin compañía. No soy de las que se deja aconsejar, ni de las que no da un paso sin antes preguntar si está bien o no, me digo que soy lo suficientemente mayorcita para tomar mis propias decisiones. Y además me siento muy orgullosa de todo lo que puedo hacer yo sola. Sin embargo, a veces soy consciente de mis limitaciones y entonces caigo en la cuenta de mi dependencia hacia otros, por ejemplo quién me explica las películas de trama complicada, o quién me guía por las calles de una ciudad desconocida o incluso conocida. Quién es el que me ayuda a utilizar los aparatos electrónicos con instrucciones en todos los idiomas menos el español, quién nunca se cansó de hacerme entender el fuera de juego en el fútbol. Pueden parecer cosas de lo más trivial pero me sirven para darme cuenta de que sólo una persona ha sido capaz de tener la paciencia de enseñarme tantas cosas y sobre todo de hacerme ver que depender de algo o de alguien no es tan malo como pensaba, que pedir prestado el hombro de alguien no es tan horrible, que necesitar que alguien nos caliente los pies en la cama no es una herejía y que recibir un consejo de alguien no es un pecado mortal, ni que arderé en el infierno si llamo a alguien para pedirle un favor. Por eso ahora pienso qué haría yo sin ti, cuánto me habría perdido, de cuántas cosas habría prescindido sin apenas ser consciente, cuántos sueños no se habrían hecho realidad, cuántas sorpresas habrían quedado en el cajón del olvido. Qué haría yo sin un experto en todo lo que ignoro, un asesor para casos de inseguridad, un consejero de corazones rotos, una persona que tomara las riendas cuando el caballo se desbocara. Todo eso y más no lo tendría si alguien como tú no estuviera a mi lado.sábado, 16 de octubre de 2010
Qué haría yo sin...
Suelo presumir de mi independencia, voy de compras sola y hasta me atrevo a ir al baño de un bar sin compañía. No soy de las que se deja aconsejar, ni de las que no da un paso sin antes preguntar si está bien o no, me digo que soy lo suficientemente mayorcita para tomar mis propias decisiones. Y además me siento muy orgullosa de todo lo que puedo hacer yo sola. Sin embargo, a veces soy consciente de mis limitaciones y entonces caigo en la cuenta de mi dependencia hacia otros, por ejemplo quién me explica las películas de trama complicada, o quién me guía por las calles de una ciudad desconocida o incluso conocida. Quién es el que me ayuda a utilizar los aparatos electrónicos con instrucciones en todos los idiomas menos el español, quién nunca se cansó de hacerme entender el fuera de juego en el fútbol. Pueden parecer cosas de lo más trivial pero me sirven para darme cuenta de que sólo una persona ha sido capaz de tener la paciencia de enseñarme tantas cosas y sobre todo de hacerme ver que depender de algo o de alguien no es tan malo como pensaba, que pedir prestado el hombro de alguien no es tan horrible, que necesitar que alguien nos caliente los pies en la cama no es una herejía y que recibir un consejo de alguien no es un pecado mortal, ni que arderé en el infierno si llamo a alguien para pedirle un favor. Por eso ahora pienso qué haría yo sin ti, cuánto me habría perdido, de cuántas cosas habría prescindido sin apenas ser consciente, cuántos sueños no se habrían hecho realidad, cuántas sorpresas habrían quedado en el cajón del olvido. Qué haría yo sin un experto en todo lo que ignoro, un asesor para casos de inseguridad, un consejero de corazones rotos, una persona que tomara las riendas cuando el caballo se desbocara. Todo eso y más no lo tendría si alguien como tú no estuviera a mi lado.
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