Ni el toro de Osborne, ni la siesta, ni siquiera el flamenco o el jamón serrano, lo que mejor define el carácter español no es otra cosa que el cainismo o la lucha entre hermanos. Es más lo que nos separa que lo que nos une, nos gusta discrepar, incluso en los momentos dificiles donde la unión haría la fuerza. Desde siempre hemos sido un pueblo enfrentado consigo mismo, la triste historia de las dos Españas. Pero cuál fue el origen de este espíritu guerracivilista, porque, por mucho que se empeñen algunos en recordárnoslo cada día, la del 36 no fue la primera contienda entre españoles.
Discrepamos los unos con los otros por cuestiones que ni siquiera nos tocan de cerca, sobre asuntos que ni nos van ni nos vienen pero lo importante es discutir, sea de lo que sea. Además, como bien supo plasmar Goya en su cuadro Duelo a garrotazos nos encanta dar donde más duele, los mítines políticos se convierten en auténticos campos de batalla, las emisoras de radio y las cadenas de televisión están llenas de tertulianos atrincherados en sus ideas sin que nadie dé su brazo a torcer utilizando incluso el insulto como arma arrojadiza para desacreditar al contrincante.
Hay muchos a los que les interesa mantener esta actitud porque es mucho lo que hay en juego, sin embargo,
también somos muchos los que queremos desprendernos de esa etiqueta que nos distingue del resto, los que no deseamos seguir desenterrando nuestras vergüenzas pasadas y mirar hacia adelante intentando cambiar este destino tan fatalista que nos ha perseguido a lo largo de los siglos.
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