martes, 24 de agosto de 2010

Un libro abierto

Confieso que no me había pasado nunca, al contrario, siempre me he emocionado ante la perspectiva de empezar un libro nuevo. Sentía que me sumergía en una aventura que no sabía hacia dónde me llevaría, sin embargo, no sé bien por qué, he sentido miedo de abrir el último que he leído. Era un libro sencillo, con muchas imágenes y poco texto pero que había permanecido en mi mesilla bastantes días sin atreverme a tocarlo. Temía que lo que pudiera leer dejara mi corazón más tocado de lo que ya estaba, el contexto en el que me hallaba no era el adecuado, los sentimientos estaban a flor de piel. Por ello lo dejé aparcado, esperando que llegara el momento en el que poder enfrentarme a su lectura y, por fin, me armé de valor y lo abrí, descubriendo que mis temores eran infundados y  lo que creí que iba ser un acto de coraje se convirtió en una rendición a las palabras repletas de esperanza que encontré entre sus páginas. Mi entusiasmo fue tal que no pude cerrarlo hasta llegar al final. Incluso llegué a asustarme porque, por un instante, pensé estar leyéndome a mí, las ideas plasmadas en él eran un fiel retrato de los pensamientos que últimamente rondan por mi cabeza. A pesar del abismo que nos separaba me sentí identificada con todo lo que allí ponía. Hasta darme cuenta de que este libro no lo había leído con la cabeza, sino con el corazón, lo que me permitió confirmar el punto vital en el que me encuentro y conciliar el deseo con la realidad.

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