Érase una vez un laboratorio en el que se experimentaba con ideas originales y ocurrencias disparatadas. En él se tomaban medidas improvisadas, decisiones cortoplacistas, nada de pruebas, nada de ensayo-error, nada de testados científicos. En este laboratorio no se tenían en cuenta las consecuencias, lo importante era producir novedades en serie que llamaran la atención, que no dejaran indiferente a nadie. Se trataba de obtener resultados inmediatos, el fin justificaba los medios, todo valía con tal de parecer que allí se trabajaba, que la gente se movía, aún sin saber muy bien hacia dónde. Al principio todos se quedaron boquiabiertos ante tanta actividad, tanta dedicación. Pero poco a poco la admiración dio paso a la desconfianza, a la incredulidad ante los engendros que iban saliendo de ese laboratorio, y de ahí, al descrédito de los que trabajaban en él. Al final creció el desinterés y la apatía, la desconfianza y hasta el rencor entre aquellos que en su día habían apostado por este laboratorio y por sus miembros, fue entonces cuando todos le dieron la espalda.
Esto sólo es un cuento que me acabo de inventar, pero... ¿a que te suena?
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