viernes, 17 de diciembre de 2010
Lágrimas en silencio
Me gusta llorar a escondidas. Siempre me ha dado vergüenza hacerlo en público. Cuando era pequeña mi lugar de lloros era bajo mi cama. Allí metida en la oscuridad, dejaba caer las lágrimas por mis mejillas cuando me sentía la persona más infeliz de la tierra o cuando el mundo estaba contra mí. Y así me quedaba con el sabor salado de las lágrimas que brotaban como una cascada hasta que se me pasaba, salía de mi escondite e iba directamente al baño para lavarme la cara y que los demás no lo notaran. Ahora no tengo un lugar concreto para ello, a veces es bajo la ducha para que las gotas de agua se mezclen con las de mis ojos, otras en la cama con la cabeza bajo la colcha. Pero hace poco alguien me dijo que llorar a solas no vale la pena, que no cunde igual que cuando lo haces frente a alguien, porque no hallas el consuelo buscado en el llanto, así que me he propuesto que en mi próxima sesión lacrimógena habrá testigos para que, al menos, me preste un pañuelo y me seque el escozor que dejan en mi piel las lágrimas en silencio.
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