viernes, 7 de junio de 2013

Dignidad culinaria


Desde hace algunas semanas vengo siguiendo un reality televisivo dedicado a la cocina, bueno más bien a la alta cocina. La dinámica del programa se basa en reunir a un grupo de aficionados a la gastronomía de andar por casa y convertirlos en chef de esa cocina de vanguardia tan en boga en nuestro país, ahí es nada. Si ya el punto de partida me parece pretencioso, no lo es menos el reto de enseñar a una bióloga, un ingeniero o un soldador a deconstruir platos de la cocina tradicional y a emulsionarlos con hidrógeno líquido, vamos, que es como pretender que un niño que juega al fútbol en el equipo del cole aprenda a hacerlo como Zidane en un par de semanas. El último día, sin ir más lejos, la hazaña a la que se enfrentaron los "aspirantes" (así es como les llama la presentadora) era cocinar un potaje. Ah, bueno, podríais decir, eso no es tan difícil. Pues sí que lo era, porque de lo que se trataba era de emular una versión muy particular del clásico potaje de cuaresma y que consistía en manchar el plato con una especie de puré de espinacas, un pedazo de bacalao y cuatro, si, digo bien, cuatro garbanzos. Pero lo mejor de todo es la puesta en escena: la severidad con la que los maestros cocineros juzgan los platos de los concursantes, sus comentarios jocosos y las duras críticas a las que someten a estos aprendices de la magia culinaria.Y es que cada uno se gana los garbanzos como buenamente puede, pero para ello no creo necesario dejarse la dignidad por el camino.

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