viernes, 31 de agosto de 2012

El medio es el mensaje


Convertir un drama en un espectáculo televisivo es uno de los peores servicios que pueden prestar los medios de comunicación. Retransmitir en horario de máxima audiencia un tema escabroso como la desaparición de unos niños y tratarlo con tanta frivolidad supone una nueva muestra de la ausencia de toda ética profesional en aras de conseguir una mejor cuota de pantalla. Porque no basta con que la presentadora de turno se presente ante el telespectador con cara circunspecta fingiendo la seriedad que exige el tema tratado, ni tampoco que en el debate aparecezcan personas con títulos de derecho o periodistas que se han especializado en este asunto, ni siquiera el miembro de la policía que dirige la investigación de este caso. Lo que más chirría de todo esto es el medio que ofreció este programa, la falta de rigor que le caracteriza y que se ha convertido en su sello de identidad. Como ya advirtiera McLuhan en su libro La Galaxia Gutenberg el medio es el mensaje, y en este caso el mensaje pierde toda la credibilidad cuando es difundido por un medio tan poco fiable como Telecinco.

martes, 21 de agosto de 2012

Lo que queda del día



El atardecer es el momento del día más apatecible para quedarse a solas con uno mismo, reflexionar sobre lo que se ha hecho a lo largo del día y lo que queda pendiente por hacer. Es el momento de las conversaciones sinceras y de las confidencias consigo mismo. Las tardes son idóneas para mantener un cara a cara con la conciencia, para hacer balance de lo bueno y de lo malo, para tomar decisiones que, con las prisas, no se han podido tomar. El atardecer sirve para poner en orden las ideas y hacer planes de futuro. Porque la tarde es lo que queda del día para planificar sueños que algún día se vuelvan realidad...

viernes, 10 de agosto de 2012

¿El más grande?


Si hace unos días, coincidiendo con el inicio de los Juegos Olímpicos de Londres hablaba de la admiración que me producían todos los deportistas, por el supremo esfuerzo que desplegaban cada uno de ellos, ayer, hubo algo que hizo que cambiara mi parecer respecto a esto. Estaba viendo la final de los 200 metros masculinos, prueba de máxima expectación por la participación del mediático Usain Bolt, que ganó la carrera como también lo hiciera hace unos días con la de los 100 metros. Pero lo que vi no era emoción ni lágrimas ni siquiera orgullo por su triunfo, sino arrogancia, altanería y hasta chulería en su gesto, que terminó de rematar con sus palabras: I’m the greatest, soy el más grande. Sí lo eres, porque así lo dicen las estadísticas pero mostrar esa arrogancia ante miles de personas que le admiran me parece una actitud sumamente gratuita. Y es que si hay algo que más me llama la atención de los ganadores, ya sea en el deporte o en otros ámbitos de la vida, es la modestia y la humildad cuando ganan, porque esto es lo que hace más grande al vencedor. Se pueden conseguir todas las medallas de oro como atleta, pero como persona, sin duda, quedaría desclasificado.

jueves, 9 de agosto de 2012

Sugestión


Hace calor sí, y qué, estamos en agosto, pero son los medios de comunicación los que desde hace algunos días vienen advirtiéndonos de la ola de calor que se nos avecina y no paran de repetirnos los consejos para poder sobrellevarlo. Cosas tan obvias como llevar ropa ligera, ir por la sombra, evitar las horas de más calor para salir a la calle y beber mucho líquido para no deshidratarnos. Y yo que estoy en casa haciendo cosas a la vez que escuchando las noticias que no se cansan de repetir estas advertencias, comienzo a sugestionarme de tal forma que corro a cerrar las ventanas, bajar las persianas y dejar toda la casa en penumbra intentando ponerme a salvo del sopor que me produce oir tales obviedades. Pues claro que hace calor, y mucho, pero sería más llevadero si dejasen de hablar de ello, al menos por un rato.

martes, 7 de agosto de 2012

Enganchada


Aunque de vez en cuando (menos de lo que me gustaría) escribo aquí, una de mis más queridas aficiones es la lectura. Suelo leer de todo, desde novelas románticas de lo más cursi hasta las más infumables de intriga pasando por libros de autoayuda y obras de ácida sátira. El tema es lo de menos, pues lo que busco en la lectura es que me enganche, que el libro me busque a mi, me pida abrirlo por la página que lo dejé y me haga perder la noción del tiempo y del lugar en que me encuentro. Esto, por desgracia, no ocurre con frecuencia, porque yo soy de las que no puedo dejar un libro a medias, intento llegar hasta el final aunque lo que lea no sea de mi agrado. Por ello cuando doy con un libro que consigue atraer mi atención hasta el punto de olvidarme de todo lo demás, me siento pletórica de que una cosa tan sencilla como la lectura me haga pasar tan buenos ratos. Hacía tiempo que no me enganchaba a un libro como el que estoy leyendo ahora y lo más curioso es que no pertenece a ninguno de mis géneros preferidos, y es que este gusto mío por los libros no dejará nunca de sorprenderme. Bueno, os dejo, que ya escucho la llamada impaciente de mi libro.

jueves, 2 de agosto de 2012

En mi cabeza


Con frecuencia las ideas, los pensamientos y los argumentos se agolpan en mi cabeza de manera nítida y cristalina. Las palabras fluyen con ritmo asombroso expresando todo aquello que deseo decir, sin embargo, se atascan al salir por la boca, se levanta un muro que impide que esas frases cargadas de sentido broten como lo hacían en mi mente. Una vez que los labios se convierten en su vía de transmisión noto que se han quedado por el camino todos los matices que quería expresar y que flojea la defensa de argumentos. Esto también ocurre cuando pretendo hablar en inglés. Puedo decir que hasta sueño con frases hechas en este idioma perfectamente construidas e imagino las situaciones en las que debería emplearlas, pero cuando llega el momento de aplicarlas para responder a cualquier pregunta, me atasco, me pongo nerviosa y me siento incapaz de abrir la boca o si lo hago es para pronunciar palabras inconexas imposibles de descifrar. Menos mal que siempre me quedará la escritura, poner negro sobre blanco los dictados de la mente con tiempo para reflexionar, releer y rectificar cuando sea necesario y así no tener que volver a decirme "qué lastima, con lo bien que sonaba en mi cabeza".