La víspera del día de Reyes y aprovechando las inusuales temperaturas de este recién iniciado mes de enero, decidí darme un paseo por mi ciudad cuando me sorprendió la tradicional cabalgata de los Reyes Magos. Tuve suerte, pues el evento estaba en su fase final y las oleadas de niños y de padres se batían en retirada intentando llegar a sus casas. Pero lo que de verdad me sorprendió no fue la cantidad de gente que andaba por las calles cortadas, sino que muchos de ellos iban cargados con escaleras de mano, de esas que uno tiene en casa para realizar alguna chapuza. Claramente estos padres porteadores lo hacían para que sus hijos pudiesen ver el desfile, a la caza y captura de los consabidos caramelos que, en algunos casos, se han convertido en armas arrojadizas. Y a mí, siendo
testiga de todo esto lo único que se me ocurría pensar es en los versos de Machado que decían algo así como "quién me presta una escalera para subir al madero" y a los que puso música Serrat. Pues sí señores, qué grado de sacrificio de esos padres para con sus hijos. Y es que a mí que no me digan, pero no es fácil ser padre en estos tiempos que corren. Nadie sabe como ellos lo que supone conseguir la ristra de juguetes que han pedido en sus cartas, que además del desembolso, casi siempre están agotados. O aquellos que se ven obligados a hacer largas colas y a asistir a algún concierto de un adolescente insoportable y pagar por ello una cantidad desorbitada. La verdad es que nuestros hijos (más bien los de ellos) no saben lo afortunados que son por tener a unos padres tan complacientes con sus deseos y sus caprichos, tanto que tendrían que ser ellos los que pidieran una escalera para ponerlos en un pedestal.
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