En estos
últimos días en los que la barbarie islamista se ha instalado en la ciudad más
bella que conozco, me he llegado a plantear la pregunta de si merece la pena el
sacrificio de 17 personas muertas, 12 de ellas redactores y dibujantes de la
revista francesa Charlie Hebdo. Sé de
primera mano lo que significa la libertad de expresión, también sé que no
podemos doblegarnos ante la amenaza del fanatismo islámico ni someternos a su
sinrazón, pero de verdad creo que el hecho de no publicar unas viñetas ofensivas
para los fieles de una religión, sea ésta, musulmana, cristiana, judía o la que
sea, no merma en absoluto nuestra libertad para expresar nuestras opiniones.
Sobre todo si los ofendidos están enzarzados en una cruzada contra los
infieles, o sea, contra todos los no musulmanes, y por tanto, todos
podemos ser potenciales blancos de su ira y ya sabemos cómo se las gastan, no
tienen reparos en inmolarse con tal de llevar a cabo su yihad. Rendirnos nunca,
pero existe un camino intermedio entre la mordaza y el "todo vale" en
aras de la libertad de expresión, porque si hay algo que nos distingue de estos
salvajes y nos hace mejor que ellos es el respeto y la tolerancia a los que no
piensan como nosotros.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario