lunes, 4 de julio de 2011

Dueña del tiempo


Durante mucho tiempo fui esclava de mi tiempo, sometida a su implacable tiranía, a merced de sus caprichosas exigencias. Bajo el yugo de su despótica voluntad, me dejaba llevar por los minutos que se le escapaban a mi reloj, sin posibilidad de rebelión. Dejaba que fuera el tiempo el que guiara mi destino a través de agendas, post it recordatorios, pizarras en la nevera, avisos en el móvil. No era capaz de dar un paso sin echar un vistazo a estos elementos controladores de cada uno de mis movimientos. Todo debía estar perfectamente cuadrado en ese calendario vital que imponía su frenético ritmo sin dejar espacio al azar. Toda mi actividad cronometrada al segundo para no dejar ni un hueco suelto a la improvisación. Así, cualquier contratiempo era una tragedia, cualquier imprevisto, una conjura de los dioses, cualquier contingencia, una debacle sin posibilidad de enmienda. Pero un buen día y, por los avatares de la vida esta esclavitud se truncó y con ella todas sus cadenas, de buenas a primeras me convertí en dueña y señora de mi tiempo, liberada de mi condena, en mis manos estaba el manejo de las horas que desfilaban ante mí para mostrarme su belleza e indicarme su idóneo aprovechamiento. No obstante y, para escapar del movimiento pendular que podría sufrir una existencia gobernada por el caos, decidí seguir un orden en el que tengan cabida utilidad y disfrute del tiempo a partes iguales, pero eso sí, siempre que yo sea sea su adminstradora.

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