miércoles, 22 de mayo de 2013

Desconsiderados


Hay ocasiones en los que a uno le entran ganas de dejar de lado la educación, las buenas maneras y el saber estar, tirarlo todo por la borda y mandar a paseo a unos cuantos. Suele suceder cuando la paciencia se agota, el vaso se colma de gotas y se siente un ferviente deseo de perder los papeles. Esto es precisamente lo que siento cada noche alrededor de las doce cuando la vecindad se hace notar a base de gritos, pataleos, carreras y golpes injustificables a tal hora del día. Sin embargo, es la prudencia la que frena mis ardientes ganas de equilibrar los ruidos a uno y otro lado de la pared que separa la delgada línea de la convivencia pacífica. En resumen, creo que con esta situación se pone a prueba mi nivel de tolerancia a las molestias y a las personas desconsideradas.


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