Con frecuencia solemos dar por sentado muchas de las cosas que ocurren a nuestro alrededor. Pueden ser actos que, por su repetición, se convierten en algo automático que no requiere siquiera nuestra atención, o tal vez sean personas que, por formar parte de nuestro paisaje cotidiano apenas somos conscientes de su presencia. Sin embargo, en ocasiones es preciso deternernos un instante para comprobar que estas mismas cosas siguen ahí y que no les podemos ser indiferentes, porque puede ser que un día ya no estén y podamos llegar a echarlas en falta. Por ello propongo un sencillo ejercicio mediante el cual aprendamos a valorar en su justa medida todo aquello que nos importa para impedir que la rutina del día a día nos envuelva y no nos deje ver lo que en realidad da sentido a nuestra existencia.
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