miércoles, 17 de agosto de 2011

Como en casa...




Viajar es un placer, por lo menos para mi. Conocer lugares remotos, paraísos perdidos, paisajes desconocidos. Si, es un placer poder disfrutar de culturas distintas a la nuestra porque te permite establecer comparaciones, enriquecer tus sentidos. Todo esto está muy bien y yo, confieso que me divierto como un niño viajando y descubriendo sitios insólitos o llenos de exotismo pero también soy muy consciente de su lado negativo. Por ejemplo si el medio de transporte elegido para llegar al destino es el avión, a ver quien es el que no se ha quejado de que la comida que sirven sabe a plástico y que además únicamente entretiene pero que no alimenta ni mucho menos sacia. Otra muestra de que no todo es perfecto cuando uno viaja son los hoteles y sus toallas, me gustaría saber por qué la mayoría de las veces éstas son tan pequeñas y por qué no cumplen con su misión, es decir, secar. Capítulo aparte merecerían las duchas o más bien su funcionamiento. Confieso que he estado en muchos hoteles en toda mi vida y no he conocido dos grifos de ducha iguales en ninguno de ellos. Algo parecido ocurre con las camas y sus almohadas, o muy altas o muy bajas que hacen que uno se lleve de recuerdo, además de los jabones de cortesía, una contractura en el cuello.Y como éstos podríamos poner miles de ejemplos para describir que no todo es idílico cuando uno se marcha de viaje y que por muy maravilloso que sea el lugar elegido siempre tendrá que bregar con los inconvenientes que lleva consigo dejar atrás su hogar. Por eso yo, cada vez que vuelvo de un viaje me pregunto si soy más feliz cuando me marcho o cuando regreso, cuando como mi comida, me ducho en mi bañera y duermo sobre mi cama es entonces cuando me digo que "como en casa...en ninguna parte".

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